Se dicen cosas muy diversas y a veces contradictorias sobre la libertad en el hombre.
Se dice que el hombre es libre o debe ser libre...
Se habla de muchas clases de libertad, entre los manoseados derechos humanos.
Se cacarean y alaban las libertades democráticas en los países que gozan de gobiernos democráticos...
Hace unos años se han acuñado esas dos palabritas, caballo de batalla de defensores y detractores de la "Teología de la liberación".
Si observamos este contradictorio mundo en que vivimos, podemos observar que una pequeña parte de sus habitantes, digamos una cuarta parte más o menos de la Humanidad, disfruta de un anhelado bienestar y elevado confort material.
Los países llamados ricos o desarrollados corren y se afanan día a día tras nuevas comodidades y un mayor y más sofisticado confort.
Los países pobres, en cambio, unas tres cuartas partes de la Humanidad, se debaten en la pobreza y sobreviven con dificultad en medio de un hiriente subdesarrollo en unos pocos y una sobrecogedora miseria en el resto.
Se considera que los países y los individuos ricos son libres porque tienen capacidad de acceder a la cultura, de expresarse, de comprar y vender, de ir y venir...
Los pobres, se dice, viven esclavizados a su miseria, incapaces de valerse por sí mismos por falta de medios técnicos, culturales, económicos...
Ante este panorama, ciertas mentes bien intencionadas y sensibles a los problemas de los más pobres han levantado la voz: Es necesario liberar a los hombres que viven esclavizados en su pobreza y víctimas en muchos casos de injusticias evidentes y lacerantes.
Es sorprendente el observar con qué facilidad la gente piensa y habla de lo que otros piensan y hablan sin ponerse a juzgar por sí mismos. Sobre todo si se trata de algo novedoso o llamativo.
Para poder unir esas dos palabritas "teología" y "liberación" hacen falta muchos equilibrios intelectuales.
Teología es el tratado o estudio de Dios. Y si quieren ampliarlo más, podría hasta hablarse de las relaciones del hombre con Dios.
Dios no es libre. Dios es lo que es y no puede ser otra cosa.
A Dios no se le pueden aplicar los calificativos humanos, aunque eso es lo que se hace constantemente por la influencia judeo-cristiana de la Biblia en que se habla de Dios como de una persona con infinito poder, sabiduría, vengador y castigador, deseoso de ser alabado y glorificado, como una persona que piensa y proyecta lo que va a hacer...
Dios hace lo único que puede y tiene que hacer. La elección es de nuestra mente. Y toda supuesta elección que atribuyamos a Dios es proyección de nuestra mente humana. En Dios todo es un eterno presente. Cualquier noción de tiempo que le atribuyamos de "antes" o "después" es una simple proyección de nuestra mente, que no sólo crea el tiempo para sí, sino que lo atribuye también a Dios.
Dios no es libre. La elección es un signo de deficiencia. Dios ES la Plenitud. La Plenitud no puede elegir nada. ES Todo. En Él tampoco existen el antes y después. Todo es simultáneo. Todo es un eterno presente.
El hombre realizado o el hombre identificado con el Ser Uno, con Dios, tampoco es libre. Entonces es lo que Es.
Pero el ser humano existencial, viviendo con esta corporeidad, esta afectividad y esta mente, está sujeto a las leyes del tiempo y espacio, a las necesidades para su subsistencia, lo mismo que al aprendizaje del pasado y los proyectos del futuro.
El ser humano, en este estado existencial en que vivimos, está condicionado siempre a unas ciertas limitaciones y dependencias que le impiden ser totalmente libre.
La liberación humana consiste en eliminar todos aquellos condicionamientos que le impiden al ser humano actuar y vivir como tal ser humano, esto es, actuar y vivir expresando lo que es como capacidad consciente y amorosa. La actividad externa puede estar coartada por ciertas limitaciones y prohibiciones impuestas desde fuera. Pero la actitud interna de la persona seguirá siendo libre.
Pero la gran dificultad para una auténtica liberación interior humana reside en la dependencia y subordinación a que se ve sometida la persona a su "ego". Liberarse de esta dependencia del "ego" es la verdadera y auténtica liberación humana. Mientras la persona sea persona, es decir, mientras viva encarnada con un cuerpo y con una mente, no podrá prescindir de su "ego", pero podrá liberarse de su dependencia y condicionamiento.
Una verdadera teología de la liberación debería centrarse en esta liberación, sin querer negar con esto, la necesidad de liberarse también de ciertos condicionamientos físico-materiales que le son impuestos injustamente desde fuera, a la persona.
Por sus mismos términos, una teología de la liberación, parece que debería consistir en descubrir el camino por el que la persona se sintiera libre para encontrarse con Dios.
Todos los conocimientos de todos los teólogos del mundo son nada, comparados con la visión de una vivencia y experiencia mística directa de Dios.
Esto mismo es lo que dijo el más grande teólogo de todos los tiempos, Sto. Tomás de Aquino. Cuando un hermano de religión le recriminó por qué no seguía escribiendo tantas cosas maravillosas acerca de Dios como había escrito hasta entonces, Tomés de Aquino le dijo: Mira, hermano, después de haber tenido una experiencia directa de Dios y conocido lo que Él es, todo lo que ha escrito me parece paja.
Y resulta que en las facultades de Teología se sigue enseñando y estudiando aquella paja y no se enseña en cambio a tener ese contacto y experiencia directa de Dios.
Así como la teología está centrada en teorías y disquisiciones intelectuales accidentales o inútiles (paja) acerca de Dios, que nada tienen que ver con la auténtica relación con Dios, ¿no estará también la llamada teología de la liberación tratando de la liberación menos importante, de la liberación que no libera a la persona?
La auténtica y verdadera liberación que nos puede conducir a una vida digna de personas nos prepara el camino para una auténtica realización personal, que es lo mismo que el cumplimiento de nuestra misión de personas, es la liberación de nuestro "ego", de las egocéntricas pretensiones vanidosas del ego o del yo inferior, de la personalidad.
Es una sana intención la de eliminar las injusticias sociales y con ellas la miseria de los pueblos. Pero mientras el ser humano no se libere de la esclavitud a la que lo someten las exigencias de su "ego" no se conseguirá dar un paso hacia un auténtico bien integral del hombre.
Para que el hombre pueda llegar a Dios, que parece que es el fin de la teología de la liberación, porque si no, no se justificaría su ¡nombre, ha de liberarse de sí mismo. No basta liberarlo de la miseria.
Llamemos a las cosas por su nombre. Trabajar por la justicia es una noble empresa que nos atañe a cada uno en su propia vida, empezando por ser justo uno consigo mismo y con su entorno más cercano.
Mientras los que trabajan, hablan o escriben sobre la liberación de los pobres, no estén liberados ellos mismos de las esclavitudes del ego vanidoso y ambicioso, del sutil egoísmo disfrazado de trabajo social o apostolado, podrá pensarse que todo es una escapatoria. O una disquisición intelectual más. O una de tantas escenas de cara a la galería
No es fácil casar las dos palabras: teología y liberación, si a la liberación no se le da el auténtico sentido de la realización humana; y no sólo la liberación de la pobreza.
Darío Lostado
(Somos Amor)