Para entender lo que sigue, el lector debe permitirse -ahora y en cada lectura posterior- alcanzar un estado mental adecuado. Se os pide -transitoriamente, por supuesto- que dejéis de lado todas vuestras opiniones filosóficas, religiosas y políticas, y que seáis casi como los niños, que no saben nada. Nada, eso es, excepto que realmente oís, veis, sentís y oléis. Suponed que no estáis yendo a ningún lado salvo aquí, y que nunca hubo, hay ni habrá otro tiempo salvo el presente. Simplemente sed conscientes de lo que en realidad es, sin atribuirle nombres y sin juzgarlo, puesto que estáis palpando la realidad misma y no las opiniones sobre ella. No tiene sentido tratar de suprimir los borbotones de palabras e ideas que transitan por la mayoría de los cerebros adultos, de modo que si no se detienen, dejadlas seguir como quieran y escuchadlas como si fuera el sonido de tráfico o el cloqueo de las gallinas.

Dejad que vuestros oídos oigan lo que quieren oír, dejad que vuestros ojos vean lo que quieran ver; dejad que vuestra mente piense lo que quiera pensar; dejad a vuestros pulmones respirar a su propio ritmo. No esperéis ningún resultado especial, puesto que en este estado desprovisto de palabras e ideas, ¿dónde puede existir pasado o futuro, y dónde alguna noción de propósito? Deteneos, mirad y escuchad... y permaneced aquí un momento antes de proseguir la lectura. Alan Watts (El camino del Tao)


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29 dic 2010

FACHADAS



El hecho de que los padres hagan que sus hijos le digan a alguien que lo quieren es un indicio de cómo se nos condiciona a no responder desde nuestros propios sentimientos y de cómo aprendemos a convertirnos en simples fachadas. Desde el inicio de nuestras vidas nos han dicho lo que debíamos y lo que no debíamos sentir. Los niños aprenden muy pronto que se espera de ellos que mientan, que muestren una fachada falsa. Todos aprendimos que, si decíamos ciertas cosas a los demás, recibíamos una respuesta previsible. Le decíamos a este o a aquel pariente que lo queríamos y él o ella expresaba felicidad y hacía algo agradable por nosotros. No teníamos ni idea de lo que era el amor, pero sabíamos que la palabra tenía poder. No es que los niños no sepan que el amor es real, pero la forma en que se les enseña a utilizar esa palabra los confunde.

Cuando son pequeños, los niños están indefensos y para ellos es natural intentar hallar maneras de controlar su entorno y de protegerse, tanto física como emocionalmente. Sus padres fueron educados de la misma forma, de modo que es absolutamente normal que permitan que estos juegos mentales se perpetúen.

Cuando empezamos a hablar, ya hemos sido condicionados por este proceso de mentiras. Estamos condicionados para ser falsos. Hemos construido una fachada de mentiras e intentamos reaccionar ante la vida desde ese condicionamiento. Hemos establecido una separación entre el mundo real y nuestro "yo" imaginario y nos preguntamos por qué nos sentimos tan desconectados, por qué no podemos sentir lo que se supone que debemos sentir.

Con el uso inapropiado de la palabra "amor", hemos construido una idea compleja de lo que es. La mayoría de la gente no lo siente realmente, aunque todos utilizamos esa palabra con una gran expresión de sentimiento. Ciertamente, en algún momento de nuestras vidas, la mayoría de nosotros siente en alguna medida lo que es el amor hacia determinadas personas, cosas o lugares.

Un indicio de que la mayoría no sabe realmente lo que es el amor lo tenemos cuando dicen que desearían que alguien l@s amara de verdad. No es que no podamos ser amados y que no haya personas a las que les importemos; el problema está en creer que, para experimentar el amor, éste deba provenir de fuera de nosotros. No es necesario que otra persona exprese amor por nosotros.

Desde luego, el problema no es sólo con el amor. Cuando decimos que queremos que alguien nos quiera, lo que estamos sintiendo es que somos inadecuados y nos sentimos inseguros y necesitamos una validación externa para sentir que somos realmente valiosos y queridos. Ése es el ego. Es esa imagen falsa de lo que creemos ser. Es la inseguridad misma. Ninguna cantidad de amor proveniente del exterior puede llenar ese vacío del ser.


La mayoría de nosotros hy crecido en familias cuya existencia está basada en mentiras. Como somos imágenes, parece legítimo intentar controlar nuestras vidas con otras imágenes. Rara vez somos conscientes de hasta qué punto nos estamos mintiendo unos a otros. Semos mentiras andantes. Decimos una cosa cuando queremos decir algo muy distinto. Pero, en algún nivel, sabemos que estamos mintiendo, y entonces llega la culpa, que es otra expresión del ego.

Durante mi infancia, mi familia siempre mentía. Pero ninguno de ellos admitiría ser un mentiroso. Para ellos era demasiado doloroso enfrentarse a la realidad y ser sinceros. Yo fui la oveja negra de la familia. No porque fuese malo, sino porque decía la verdad. Conocí todas las maneras de conseguir que mi familia hiciera lo que yo quería y me hubiese resultado muy fácil tener un control absoluto. En esta sociedad, me he visto perjudicado por negarme a formar parte del juego. Durante la mayor parte del tiempo la familia estaba enfadada conmigo pero aprendí a vivir así, e incluso a disfrutarlo.

No estoy diciendo que yo no estuviera condicionado también y que no reaccionara de acuerdo a eses condicionamiento, pues podemos ver ciertas mentiras en los demás pero nos cegamos a ver las nuestras. De hecho el ego estaba ahí y hacía que mi vida fuese un infierno.

Pero al menos me protegió de que me metiera en asuntos como la religión. Desde muy pequeño me quedó claro que la gente siempre estaba intentando encontrar algo en lo que creer, sin importar cuán disparatado fuese. También tuve la suerte de que mi familia no fuera religiosa, a excepción de mis abuelas. Ambas habían visto demasiado dolor para seguir adelante sin creer que había algo más allá de su sufrimiento.

La mayoría de las personas pasan por la vida sin cuestionarse jamás qué está ocurriendo en su interior. No pueden soportar enfrentarse a sí mismas con absoluta honestidad. Sin embargo cuando somos realmente sinceros respecto a nosotros mismos podemos empezar a liberarnos de esta niebla que nos impide tener un contacto directo con la vida.

Es cierto que alguna vez la mayoría de nosotros hemos sentido un contacto directo con la vida. En ocasiones, cuando paseamos a solas por la naturaleza podemos abrirnos a esa totalidad. O Cuando oímos las risas de los niños, o vemos a un recién nacido. Cuando nos abandonamos al escuchar algo de música podemos también sentir la vida de una forma profundo y directa. O cuando miramos a los ojos a alguien que nos importa profundamente. En esos momentos no estamos perdidos, en absoluto. Sin embargo, con demasiada frecuencia, al tener estos sentimientos interviene la mente y entonces se rompe el contacto y una vez más nos encontramos en el punto de partida. El ego quiere repartir una determinada experiencia y, cuando lo consigue, crea tiempo, que es separación. La vida es un ahora siempre cambiante y ése es el único espacio en el que podemos encontrarla, en cuanto Eso. No es fácil alejarse de innumerables generaciones de condicionamientos e ir más allá de la sensación de separación que la mayoría de la gente siente, pero se puede hacer.

La parte más dolorosa de esa sensación de separación es que realmente no estamos en contacto con la vida. Pasamos por los movimientos del vivir pero, en un sentido muy real, ya estamos muertos. La mayoría de nosotros ha estado muerto desde su niñez. El muro de mentiras al que llamamos nuestra vida nos insensibiliza. Todo se convierte en una fachada formada por nuestras ideas acerca de lo que es real. Si no viviésemos de ese modo no podríamos hacer las cosas que hacemos y que causan tanto sufrimiento a las demás personas y a las criaturas con las que compartimos nuestra vida. No podrían enviarnos a la guerra, convenciéndonos con engaños, para matar por algo que no tiene nada que ver con la vida de la persona corriente. A lo largo de la historia, la gente sin poder ha tenido que entregar su vida y la vidas de sus hijos a quienes estaban en el poder, para luchar por alguna creencia nacionalista, o bien por la mera codicia de quienes detentan el poder. Somos tan fáciles de controlas... Y si te manifiestas en contra de los que están en el poder te llaman traidor y pones en riesgo tu propia vida. Si estuviésemos despiertos, ningún poder podría controlarnos.


Si realmente queremos cambiar este mundo de locura necesitamos descubrir cuán dormidos estamos y por qué. Y luego debemos intentar educar a nuestros hijos para que sean veraces y no tengan miedo. Debemos honrar la verdad y ver más allá del mundo imaginario del ego. Si queremos experimentar directamente la vida, debemos ir más allá de la niebla del ego que nos ciega. Ver directamente parece muy sencillo. Todos creemos que podemos hacerlo, pero al examinar este proceso con mayor profundidad empezamos a darnos cuenta de cuán poco vemos en realidad.

Parece que el mundo está empezando a abrirse a algo nuevo. A lo largo de mi vida, he visto muchos cambios que no hubiesen sido posibles en un pasado lejano. La gente ha comenzado a hacerse preguntas y realmente quiere entender por qué el mundo está como está. Hay esperanza. Durante los veinticinco años que llevo hablando de esto, muy pocos han querido comprender verdaderamente. Sin embargo, en los últimos años esto ha cambiado. Miles de personas visitan mi página web cada mes y muchas de ellas me escriben. Cada vez es más evidente que nos acercamos a un cambio importante en la forma en que la gente ve la vida. Éste podría ser el principio de una nueva era para la humanidad. Sin embargo, es posible que se dé una reacción violenta del ego, que podría empeorar la vida en este planeta durante un tiempo. Cada uno de nosotros tiene la responsabilidad de esforzarse por llagar a entender lo que está ocurriendo y ver la cosas con cordura. No debemos continuar siendo fachadas andantes. Podemos ser la Vida Misma. Esperemos que la transición sea suave y compasiva.


Melvyn Wartella
(Ego, Evolución E Iluminación)


6 dic 2010

LA VERDAD Y LA MENTIRA



¡Cuánto nos cuesta ver la Verdad, admitir la Verdad, decir la Verdad, pensar la Verdad, amar la Verdad, buscar sinceramente la Verdad, vivir la Verdad...!!!
Porque estamos acostumbrados a la mentira.
Mentira sobre nosotros y mentira sobre los demás.
Es como si hubiésemos nacido en la mentira y lo natural fuese vivir esa mentira o error.
Desde que nacemos se nos va "educando", para acomodarnos a la mentira del mundo y la sociedad en que vivimos. Se nos "educa" para acomodarnos a esa sociedad de falsedades, de apariencias, lejos de la Verdad.
Se nos enseña a vivir mintiendo, reprimiendo, ocultando todo aquello que puede ser ingrato o desagradable a los que conviven con nosotros. Porque de esa manera somos complacientes con los demás al mismo tiempo que somos complacidos y gratificados con la misma complacencia por parte de ellos.
En realidad sólo buscamos sentirnos aceptados y gratificados por los demás.
Para ello, creemos que es necesario tapar, disimular, ocultar, atenuar y hasta negar la Verdad.
Así llegamos a creer que ese vivir diario lejos de la verdad, sumergidos en ese mar de mentira, es lo normal. Y la verdad llega a ser un objeto de lujo, una excepción extraordinaria, una anormalidad, una extravagancia o una locura.
Nuestra vida se fragua en la niñez y adolescencia, en el disimulo y ocultamiento, en la defensa de la apariencia y el quedar bien a costa de la Verdad.
Pero sentimos que cuando vivimos así y obramos así estamos traicionando a lo más íntimo de nosotros, a la Verdad más profunda de nosotros, a la luz y a la verdad que somos.
Esa mentira, esa apariencia falsa con que nos cubrimos es un ropaje que recibimos de fuera para no expresar la verdad sencilla, llana y creadora que somos por naturaleza.
Pero para sentirnos acogidos y aceptados por la sociedad, hemos de vestirnos con sus propios ropajes. El ropaje del disimulo, de la apariencia falsa.

Y cada día vamos perfeccionando esa vestimenta falsa para vernos mejor y que nos vean mejor cada día. Es una carrera sin fin del disimulo, de la falta de espontaneidad, de hipocresías, de exageraciones en lo que nos conviene e interesa y minimizaciones cuando lo creemos conveniente y útil.
Vivir en la Verdad es alimentarse con agua limpia y transparente.
Vivir en el disimulo y la mentira es beber y vivir sumergido en las aguas sucias y oscuras.
Siempre encontraremos razones y excusas para vivir en la mentira, en la apariencia y el fingimiento. Todos sabemos que esas razones sólo sirven para adormecernos momentáneamente. Pero nunca llegan a satisfacernos profundamente. Porque en lo profundo de cada uno de nosotros está la Verdad tratando, pujando por expresarse. Y no puede hacer migar y armonizarse jamás con la mentira, el disimulo y el falso ropaje con que queremos presentarnos.
Sólo cuando estamos asolas en el silencio de la Verdad desnuda es cuando oímos esas voces que gritan en nosotros queriendo expresar la Verdad, sólo la Verdad.
Pero una y otra vez tratamos de ahogar esas voces de la Verdad con excusas y argumentos rebuscados: "Todos son así... uno no puede ser una excepción... no quiero ofender a nadie... son mentiras piadosas...
Pero esas excusas y argumentos no sirven en el fondo. Sólo son otras mentiras nuevas que nos damos a nosotros mismos. Y como siempre el fruto de la mentira es la vanidad, el desasosiego, la inquietud, el vacío... y desprecio profundo de nosotros mismo, la depresión y la muerte del gozo y alegría profunda.
Nos mentimos sobre nosotros. Nos mentimos sobre los demás.
Nos mentimos sobre la vida y adulteramos la realidad.
Tomamos el sueño como realidad.
Tomamos lo ideal como real.
Tomamos lo transitorio como permanente y
Tomamos lo permanente como una bella ilusión utópica.
Vivimos con un ropaje falso. El ropaje de las ideas que hemos recibido de fuera, de la sociedad.
Vivimos de las ideas que hemos ido aceptando como si fueran nuestras, pero que no tienen de nosotros nada. Sólo la idea de que son nuestras.
Pero esta idea es idea.
No es la realidad.
Toda idea es idea y sólo la realidad es real.
Preferimos seguir viviendo de ideas e ideales lindos y agradables, aunque sean falsos. Y tratamos de convencernos a nosotros mismo y a los demás de que son verdaderos.
¡Sería tan fácil reconocer la Verdad llana y simple!!
¡La verdadera Verdad de nosotros mismos supera en colorido, gracia, belleza y gozo a cualquier falsa verdad con que tratamos de ensuciarnos tanto en la vida!!!
Los sinceros buscadores de la verdad siempre la encuentran.
Pero hay muchos falsos o disfrazados buscadores de la verdad y mimetizan e imitan a la búsqueda de la verdad con palabras, gestos, técnicas, métodos, ideologías, sectas, reuniones, trabajos, prácticas psicológicas o religiosas... esperando encontrar en esas mimetizaciones e imitaciones, la alegría, la paz, la luz y armonía que de la Verdad. Pero nunca la encuentran ni encontrarán con tales engaños.
Los frutos gozosos y armoniosos de la Verdad viva y palpitante están encerrados en los que con sincero corazón la buscan sin intereses espúreos y egoístas, sin disimulos y cobardías, sin fáciles e interesadas complacencias, sin esclavitudes a las modas de turno, sin hipocresías, ni cómodas cesiones a la vulgar mediocridad.
El buscador sincero de la verdad, sabe que se expone muchas veces a ser proscrito de la sociedad y ser ridiculizado y apartado como perro sarnoso para no contagiar a los demás con su amarga, rara y desconocida, pero también clara, liberalizadora y gozosa verdad.
Se necesitan muchos sinceros buscadores y amantes de la desnuda y pura verdad, para ser la levadura en la masa de la mentira.
LA TRANSFORMACIÓN DE LA MASA INFORME, RUTINARIA Y MECÁNICA APARECE COMO DIFÍCIL Y CASI UTÓPICA. PERO ES POSIBLE.
Sólo es necesaria la levadura de los buenos buscadores de la verdad que la vivan con todas sus consecuencias. Sabiendo que sólo la Verdad nos hará libres.
Y al final sólo permanecerá lo único que puede permanecer, lo que es, la Verdad, la Realidad.
El triunfo y la victoria de la mentira es momentánea y transitoria.



En este gran teatro del mundo, donde se representan los sueños e ilusiones, la mentira y la falsedad, la hipocresía y el disimulo son la estrella protagonista. Es la momentánea triunfadora.
Pero al caer el telón y encontrarnos con la claridad de la Verdad permanente, luminosa y gozosa, sólo quedará lo que siempre ha Sido, lo que siempre Es y Será, siempre idéntico a sí mismo: la profunda realidad de mí y de los demás.
La única realidad y la única Verdad.


Darío Lostado.
(Ama Y Haz Lo Que Quieras)