Para entender lo que sigue, el lector debe permitirse -ahora y en cada lectura posterior- alcanzar un estado mental adecuado. Se os pide -transitoriamente, por supuesto- que dejéis de lado todas vuestras opiniones filosóficas, religiosas y políticas, y que seáis casi como los niños, que no saben nada. Nada, eso es, excepto que realmente oís, veis, sentís y oléis. Suponed que no estáis yendo a ningún lado salvo aquí, y que nunca hubo, hay ni habrá otro tiempo salvo el presente. Simplemente sed conscientes de lo que en realidad es, sin atribuirle nombres y sin juzgarlo, puesto que estáis palpando la realidad misma y no las opiniones sobre ella. No tiene sentido tratar de suprimir los borbotones de palabras e ideas que transitan por la mayoría de los cerebros adultos, de modo que si no se detienen, dejadlas seguir como quieran y escuchadlas como si fuera el sonido de tráfico o el cloqueo de las gallinas.

Dejad que vuestros oídos oigan lo que quieren oír, dejad que vuestros ojos vean lo que quieran ver; dejad que vuestra mente piense lo que quiera pensar; dejad a vuestros pulmones respirar a su propio ritmo. No esperéis ningún resultado especial, puesto que en este estado desprovisto de palabras e ideas, ¿dónde puede existir pasado o futuro, y dónde alguna noción de propósito? Deteneos, mirad y escuchad... y permaneced aquí un momento antes de proseguir la lectura. Alan Watts (El camino del Tao)


5 mar. 2012

BREVE HISTORIA DE LA NO-ESPIRITUALIDAD


Sabía que la visión moderna del mundo había comenzado justo después de la caída del periodo histórico conocido como "oscurantismo medieval". En aquellos tiempos la ciencia no existía en Occidente, no se puede hablar de que existiera el pensamiento independiente y se sabía muy poco de las causas naturales. Los miembros de la poderosa Iglesia católica mandaban en la mente de las personas y decretaron que todos los eventos que ahora consideramos como naturales dependían únicamente de la mano de Dios, incluyendo el nacimiento, todos los retos y los obstáculos en la vida, la muerte y lo que siguiera a ella (Cielo o Infierno). Los eclesiásticos se autonombraron interpretes exclusivos de la voluntad divina. Y lucharon con denuedo durante siglos para descalificar cualquier opinión contraria.

Sin embargo, comenzó el Renacimiento, motivado por la creciente desconfianza en los eclesiásticos y por una conciencia creciente que daba a entender que el verdadero conocimiento del mundo que nos rodea estaba deplorablemente incompleto. Pronto llegaron otras influencias: la invención de la imprenta, un mayor interés por las filosofías de los antiguos griegos y los descubrimientos de los astrónomos como Copérnico y Galileo, que contradijeron la astronomía a la que se adhería la Iglesia.

Al llegar la Reforma protestante -un rechazo directo a la autoridad papal- las estructuras del mundo medieval comenzaron a caer y con ellas cayó también la visión tradicional de la realidad humana.

Ése es el momento en el que comienza la Era Moderna. Durante siglos el clero había dictado un propósito estrictamente teológico para la existencia y los eventos naturales. Y cuando esa visión de la vida llegó a erosionarse por completo, se dejó a los seres humanos en una profunda incertidumbre existencial, especialmente en lo relacionado con la espiritualidad. Si el clero (que siempre había dictado las reglas de la realidad espiritual) estaba equivocado, ¿dónde hallar la verdad?.

Los pensadores optimistas de la época dieron con una solución. Seguiríamos el modelo de los antiguos griegos. Encomendaríamos a la ciencia la labor de investigar este mundo repentinamente nuevo en el que nos hallábamos. Y, llevados por el entusiasmo del momento, incluimos en la encomienda nuestras preguntas espirituales más profundas, como nuestra razón de ser en el mundo, la vida después de la muerte y el destino de la humanidad.


Con este nuevo mandato la ciencia se encargó de mirar el mundo de forma objetiva y de informar sobre lo observado. Con el paso de los siglos logró un mapa maravilloso de las realidades físicas de la naturaleza; el mapa incluía temas que iban desde el movimiento de las galaxias y de los planetas a la biología de nuestros cuerpos, pasando por la dinámica de los sistemas climatológicos y los secretos de la producción de alimentos. Nunca logró recompensarnos con un análisis objetivo de nuestra situación espiritual.

En este momento crucial tomamos una decisión crítica de corte psicológico. A falta de respuestas existenciales optamos por dedicar nuestra atención a otra cosa. A la espera de las respuestas existenciales nos dedicamos a asentarnos en este mundo nuestro y a procurar la mejora de la humanidad. Abatimos nuestra incertidumbre al procurar que nuestro mundo laico tuviera mayor abundancia y fuera más seguro.

Y eso es justamente lo que hicimos. En los siguientes siglos se logró la mayor abundancia material que el mundo ha registrado. Pero aun cuando dedicamos nuestra energía a la mejora de la circunstancias físicas, mientras seguíamos esperando respuestas espirituales de la ciencia, ésta cada día se alejaba más de este mandato original.

De hecho, con el paso de los siglos, la ciencia se ocupó cada vez menos de los aspectos espirituales. En cierto sentido, estas preguntas habían sido víctimas del éxito de la ciencia en el dominio de lo físico. Cuanto mayor era el éxito de la ciencia al explicar el mundo externo -y conforme creó nuevas tecnologías que incrementaron el nivel de seguridad de la población- menor importancia se atribuyó a las cuestiones espirituales. Los científicos comenzaron a pensar que era  mejor dejar los asuntos más profundos a las religiones: "Nosotros nos dedicaremos al mundo físico".

Cuando las teorías de Newton comenzaban a filtrarse en la ciencia, el desprecio del mundo espiritual era casi completo. Newton estableció la matemática que definía el universo como una entidad que funcionaba enteramente por sí misma, siguiendo leyes mecánicas básicas, de manera predecible, igual que una máquina gigante. Ahora podía hablarse del universo desde una perspectiva laica. Dios no movía las estrellas en el cielo. Lo hacía la gravedad.


Esta visión moderna, laica y materialista nació y fue apoyada por la ciencia para luego exportarla al planeta entero. La idea de Dios o de una experiencia espiritual más profunda parecía ahora no sólo innecesaria sino improbable. Y en cuanto a las evidencias de una realidad espiritual -los estados superiores de conciencia, la Sincronización, las premoniciones, la guía intuitiva y las experiencias de la vida después de la muerte- resultó muy cómodo calificarlas como alucinaciones patológicas o engaños religiosos, y así se eliminaron del debate estas cuestiones por completo. incluso muchas instituciones religiosas que tenían el problema de una congregación en constante disminución se orientaron hacia actividades laicas y sociales en lugar de discutir la experiencia espiritual genuina.

Y los individuos terminaron siguiendo el ejemplo de la ciencia y otras instituciones. El mundo parecía tan normal y manejable que se tenía la impresión de que las preguntas de corte espiritual eran ya innecerarias. Poco a poco fuimos expulsándolas de nuestra conciencia cotidiana también.

"Dedícate a trabajar duro", nos decíamos, "y concéntrate en mejorar tu vida. Disfruta de todas las bondades de lexistencia moderna. Olvídate de si conocer el sentido de la vida te aporta una guía para el camino o conlleva relaciones más profundas con los demás. Concéntrate en las cosas de todos los días y te sentirás bien hasta el final. Si el tema de la muerte te preocupa o si las preguntas sin respuesta se acumulan en su mente, dedícate a actividades triviales hasta que los pensamientos y las inquietudes desaparezcan".

Sabía que precisamente en este momento éramos capaces de ver la verdad psicológica de nuestra historia. Dispusimos que la ciencia descubriera la verdad de nuestra existencia espiritual y al fracasar ésta, nos dedicamos a mejorar las condiciones materiales. Luego, de forma gradual, todos olvidamos aquello que estábamos esperando. Poco a poco nuestra preocupación se convirtió en una obsesión psicológica en toda regla.


Al igual que sucede con cualquier conducta obsesiva diseñada para reprimir algo -en nuestro caso, las respuestas acerca del verdadero propósito de la vida-, se requiere todavía más actividad frenética para evitar que recordemos lo que nos persigue y asusta.

Cuando la visión del mundo de la modernidad llegó a su punto de máxima influencia (en algún momento a finales del siglo XX), dicha conducta obsesiva había ayudado a alentar las carreras de docenas de psicólogos existencialista, quienes se encargaron de trazar el mapa de una gran variedad de conductas que usamos los hombres para no despertar a la verdad: trabajar de manera compulsiva, ir de compras, decorar, ordenar, comer, apostar, drogarse, tener sexo, fumar, correr, hacer ejercicio, chismorrear, ver programas sobre celebridades o deportes, y las infinitas actividades que derivan de la necesidad de reconocimiento por parte de los demás: nuestros quince minutos de fama.

Podemos encontrar estas obsesiones en todas partes. Y entre éstas se incluye la más irónica compulsión de todas, especialmente en los últimos años: el fanatismo religioso en el que las personas se mantienen dormidas, ajenas a la experiencia espiritual real al concentrarse únicamente en las doctrinas y las trampas de una religión particular, hasta el punto de tratar de forzar a los demás a creer en los postulados.

Por fortuna y con el paso de los años hemos comenzado un lento despertar. Durante las últimas décadas algo parece haber irrumpido en la psique humana. ¿Por qué? Quizá porque la resistencia natural de la represión se agotó o por los esfuerzos que teóricos del potencial humano realizaron en las décadas de 1970 y de 1980. Otra razón puede ser la máxima influencia que la generación del baby boom, por una cuestión estrictamente cuantitativa, alcanzó en la década de 1990, pues ellos cuestionaron todos los aspectos de la cultura humana.

En cualquier caso, nuestra preocupación por la vida material empezó a derrumbarse. Igual que los hombres en peligro de morir ahogados tratan de alcanzar la superficie, nosotros empezamos a tratar de respirar el aire de un sentido más noble. Desde entonces, con sus comienzos en falso y errores, un mayor número de personas han podido avistar un nuevo mundo de maravillas a su alrededor.


James Redfield
(La Duodécima Revelación)




1 comentario:

  1. Refflejado en http://unbosqueinterior.blogspot.com/2012/04/dentro-del-pozo.html

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