Para entender lo que sigue, el lector debe permitirse -ahora y en cada lectura posterior- alcanzar un estado mental adecuado. Se os pide -transitoriamente, por supuesto- que dejéis de lado todas vuestras opiniones filosóficas, religiosas y políticas, y que seáis casi como los niños, que no saben nada. Nada, eso es, excepto que realmente oís, veis, sentís y oléis. Suponed que no estáis yendo a ningún lado salvo aquí, y que nunca hubo, hay ni habrá otro tiempo salvo el presente. Simplemente sed conscientes de lo que en realidad es, sin atribuirle nombres y sin juzgarlo, puesto que estáis palpando la realidad misma y no las opiniones sobre ella. No tiene sentido tratar de suprimir los borbotones de palabras e ideas que transitan por la mayoría de los cerebros adultos, de modo que si no se detienen, dejadlas seguir como quieran y escuchadlas como si fuera el sonido de tráfico o el cloqueo de las gallinas.

Dejad que vuestros oídos oigan lo que quieren oír, dejad que vuestros ojos vean lo que quieran ver; dejad que vuestra mente piense lo que quiera pensar; dejad a vuestros pulmones respirar a su propio ritmo. No esperéis ningún resultado especial, puesto que en este estado desprovisto de palabras e ideas, ¿dónde puede existir pasado o futuro, y dónde alguna noción de propósito? Deteneos, mirad y escuchad... y permaneced aquí un momento antes de proseguir la lectura. Alan Watts (El camino del Tao)


28 nov. 2011

ENGANCHADO A LA ILUMINACIÓN


Hice mi primera aparición en el escenario de la vida hace veintisiete años y representé muchos papeles: el de un niño tímido e introvertido, el de un adolescente penosamente acomplejado y, finalmente, en una actuación digna de un Óscar, el de un veinteañero terriblemente confuso y deprimido que sufría una crisis existencial tras otra. Durante gran parte de mi infancia y al principio de mi edad adulta, viví exclusivamente "en mi cabeza", perdido en mis problemas y sumido en el tormento del odio a mí mismo.

Un día, rondaba yo los veinticinco años, después de una profunda depresión que casi me dujo al suicidio, me entró el gusanillo de la espiritualidad. ¡Me harté por fin de mis miserias, me harté de mi tremenda timidez, me harté de mí mismo! Lo que quería era escaparme de todo eso. Deseaba la iluminación espiritual, la liberación, librarme de todo mi sufrimiento. Quería trascender el ego, despojarme de mi yo, fundirme con Dios y dejar atrás esta miserable existencia. Las opciones eran evidentes: o la iluminación espiritual o el suicidio -y en el suicidio no quería ni pensar-.

Entonces me esforcé por leer cientos de libros religiosos y espirituales pesadísimos, escritos por sabios, gurus, maestros y filósofos de largas barbas. Y seguí leyendo y leyendo, y empecé a practicar la meditación. Me hice vegetariano y me dediqué a escuchar esas grabaciones caseras de indios llenos de paz que me hablaban de lo maravilloso que es que la mente está en silencio. Pero aun así, por que hiciera o dejara de hacer, no dejaba de abrasarme por dentro un vehemente deseo de ser libre. Por mucho que lo intentara, no había forma de quitármelo de encima.

Me inquietaba cómo alcanzar ese estado de perfecta quietud y paz del que la gente hablaba desde hacía tantos siglos. Yo tenía momentos de paz, de quietud y de claridad, pero necesitaba desesperadamente que se convirtieran en algo permanente. No es que estuviera encaprichado con la paz: quería la paz por los cuatro costados.

¿Cómo podría estar siempre flotando? ¿Cómo podría evadirme de una vez por todas de esta vida tan corriente? ¿Cómo podría liberarme de mí mismo y de eso que llaman mi "bagaje psicológico"?

Estaba enganchado a la iluminación.



Apretamos el botón de avance rápido hasta hoy y la búsqueda ha terminado o, más exactamente, ya está desenmascarada. O, más exactamente, se está desenmascarando ahora, ahora, ahora.

Eso de la iluminación no existe. Sé que eso es una bofetada en plena cara cuando llevas tanto tiempo buscándola con toda tu alma, con todo tu corazón. La búsqueda espiritual concluye con esta demoledora toma de conciencia: para empezar, nunca ha habido nada que descubrir.

¡Lo vi con tal claridad! No había nada que encontrar porque nunca se había perdido nada. La libertad absoluto había estado en mí desde el principio y, de hecho, era la auténtica naturaleza, que siempre había estado oculta por la búsqueda de objetivos por parte de esa mente tan inagotable como un mono que salta de rama en rama. Mi desesperada búsqueda de la iluminación espritual no había sido más que una prolongación de esa búsqueda permanente de algo más, de algo distinto de lo que existe.

Pero, aun así, todo encajaba y se había desarrollado a la perfección. Eso también quedó claro.

Todas aquellas depresiones y toda aquella timidez se esfumaron para siempre, y la desolación y la frustración se vieron reemplazadas -y así continúan- por espaciosidad, por transparencia, por amor incondicional: un amor que permite que todo sea exactamente tal y como es, un amor que abarca la vida entera con todas sus imperfecciones.



Jeff Foster
(La Vida Sin Centro)


4 comentarios:

  1. Bonita y sufrida experiencia la de Jeff Foster...

    _/\_

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  2. Una buena lección que por fin hemos comprendido

    desde la conciencia ...no desde la razón

    solo en el silencio de lo que es...ya mas no hay nada...

    solo la vida.

    Un abrazo

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  3. Experiencia única, ni iluminación ni buscador, sólo "Clara Conciencia".

    Gracias Guillem
    Abracito

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  4. No hay experiencia, no hay iluminación, no hay clara conciencia por que no hay catalogador de clara conciencia, no hay lección que aprender, no hay búsqueda ni comprensión...
    Solo levántate y toma consciencia , trabaja y toma consciencia, alimentate con total consciencia,defeca con absoluta consciencia, sientate a contemplar sin tomar consciencia y se consciente de la respiración... y ya puedes morir sin dejar ni rastro...

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