Para entender lo que sigue, el lector debe permitirse -ahora y en cada lectura posterior- alcanzar un estado mental adecuado. Se os pide -transitoriamente, por supuesto- que dejéis de lado todas vuestras opiniones filosóficas, religiosas y políticas, y que seáis casi como los niños, que no saben nada. Nada, eso es, excepto que realmente oís, veis, sentís y oléis. Suponed que no estáis yendo a ningún lado salvo aquí, y que nunca hubo, hay ni habrá otro tiempo salvo el presente. Simplemente sed conscientes de lo que en realidad es, sin atribuirle nombres y sin juzgarlo, puesto que estáis palpando la realidad misma y no las opiniones sobre ella. No tiene sentido tratar de suprimir los borbotones de palabras e ideas que transitan por la mayoría de los cerebros adultos, de modo que si no se detienen, dejadlas seguir como quieran y escuchadlas como si fuera el sonido de tráfico o el cloqueo de las gallinas.

Dejad que vuestros oídos oigan lo que quieren oír, dejad que vuestros ojos vean lo que quieran ver; dejad que vuestra mente piense lo que quiera pensar; dejad a vuestros pulmones respirar a su propio ritmo. No esperéis ningún resultado especial, puesto que en este estado desprovisto de palabras e ideas, ¿dónde puede existir pasado o futuro, y dónde alguna noción de propósito? Deteneos, mirad y escuchad... y permaneced aquí un momento antes de proseguir la lectura. Alan Watts (El camino del Tao)


9 ene. 2011

LA PAZ DE DIOS



¡Dios mío, todo está vacío! No le encuentro base a nada, nada sobre lo que nada pueda sustentarse. La totalidad del mundo gira en el vacío y yo, sea lo que quiera Dios que sea, no consigo separarme de toda esa nada.

Nos pasamos la vida resistiéndonos a esa nada que está en el centro de todo. Pero lo que somos realmente es la nada, la verdad. ¡Por tanto, lo que hacemos realmente es resistirnos a nosotros mismos! ¡Nos resistimos a la vida y negamos la base de la existencia, esa base que nos sustenta! Y esto es lo que se considera normal.

En cambio, a quien percibe esta nada e intenta expresarla mediante el lenguaje se le tacha de loco, de tonto, de esquizofrénico, de psicótico, de místico.

¿Cómo expresar la nada? ¿Qué nombre ponerle a lo innombrable? ¿Si intentas hablar de ello es que asumes que hay un "Ello" del que hablar! Si hablas de ello, lo estropeas todo y, si no, también.

El silencio parece ser la única opción. Hablar de algo implica que hay algo de que hablar; implica que alguien habla y que se dice algo. Implica conocimiento. Implica un pasado y un futuro. Implica la división de la conciencia: la causa primordial del autoengaño de la humanidad.

¡Ah, liberarse de ese autoengaño! Sin embargo, el que quiere liberarse de ese autoengaño ya forma parte del autoengaño -es el autoengaño mismo-. La verdad es que no existe escapatoria.




Sin embargo, no hace falta escapatoria alguna. ¡Acéptalo, acéptalo todo, caramba! Autoengaño, yo, pensamientos, pasado, futuro, escapatoria, aprisionamiento: ¡acéptalo, acéptalo todo! Y aceptarlo todo es la muerte. Y morir para ser este momento es vivir de verdad: despojarse de todo pensamiento, de toda idea preconcebida, de toda interpretación y ver, ver con los ojos de un recién nacido, ver con los ojos de un santo. Ver lo que se tiene delante. Desaparecer para dejar paso a esto. Hundirse en lo desconocido, el divino manantial de todo. Relajarse hasta convertirse en el momento presente, que es lo único que existe.

Ahí es donde se encuentra nuestra salvación. Ahí es donde se encuentra la paz de Dios.


Jeff Foster
(La Vida Sin Centro)


3 comentarios:

  1. Hermoso Guillem. Desde tiempo inmemorial los Maestros nos dan las indicaciones y ciertas palabras son verdaderos mantras: aceptación de todo.
    Gracias, si!
    Un abrazo a tu labor constante en favor de la Comprensión!

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  2. Vaya, que claro lo expresa aquí Jeff Foster!
    Gracias Guillem.

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  3. Tony de Mello escribió un día que valía más un segundo de aceptación que mil años de comprensión.
    ..."relajarse hasta convertirse en el momento presente"... ahí está la clave de la aceptación.

    Magnífico Guillen, que relato más descarnado y más directo el de Jeff Foster.

    Me encanta. Un abrazo.

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