Para entender lo que sigue, el lector debe permitirse -ahora y en cada lectura posterior- alcanzar un estado mental adecuado. Se os pide -transitoriamente, por supuesto- que dejéis de lado todas vuestras opiniones filosóficas, religiosas y políticas, y que seáis casi como los niños, que no saben nada. Nada, eso es, excepto que realmente oís, veis, sentís y oléis. Suponed que no estáis yendo a ningún lado salvo aquí, y que nunca hubo, hay ni habrá otro tiempo salvo el presente. Simplemente sed conscientes de lo que en realidad es, sin atribuirle nombres y sin juzgarlo, puesto que estáis palpando la realidad misma y no las opiniones sobre ella. No tiene sentido tratar de suprimir los borbotones de palabras e ideas que transitan por la mayoría de los cerebros adultos, de modo que si no se detienen, dejadlas seguir como quieran y escuchadlas como si fuera el sonido de tráfico o el cloqueo de las gallinas.

Dejad que vuestros oídos oigan lo que quieren oír, dejad que vuestros ojos vean lo que quieran ver; dejad que vuestra mente piense lo que quiera pensar; dejad a vuestros pulmones respirar a su propio ritmo. No esperéis ningún resultado especial, puesto que en este estado desprovisto de palabras e ideas, ¿dónde puede existir pasado o futuro, y dónde alguna noción de propósito? Deteneos, mirad y escuchad... y permaneced aquí un momento antes de proseguir la lectura. Alan Watts (El camino del Tao)


14 nov. 2012

EL ORGULLO DEL EXITO


«He trabajado duro y ahora me considero un hombre de mucho éxito. Sería un hipócrita si no reconociera que estoy bastante satisfecho de mis logros y, sí, algo orgulloso también. ¿Hago mal?»

Un visitante extranjero se dirigió con estas palabras a Sri Nisargadatta Maharaj una tarde. Tenía unos cuarenta y cinco años; era un hombre arrogante, seguro de sí mismo y algo agresivo. La conversación transcurrió después de esta manera:


Maharaj: Antes de que consideremos lo que «está bien» y lo que «está mal», haz el favor de decirme quién hace esa pregunta.

Visitante: [algo sorprendid o]:  ¿Cómo? Pues «yo», claro está.

M: Y ¿quién es ése?

V: Este «yo» que está sentado delante de ti.

M: ¿Y crees que ése eres tú?

V: Tú me ves. Yo me veo. ¿Qué duda puede haber?

M: ¿Te refieres a este objeto que tengo delante? ¿Cuál es tu primer recuerdo de este objeto que crees que eres? Remóntate todo lo que puedas.

[Después de unos momentos]: El primer recuerdo que tengo quizá sea estar en brazos de mi madre, recibiendo sus caricias.

M: Siendo niño de pecho, quieres decir. ¿Dirías que el hombre de éxito de hoy es ese mismo niño de pecho que no podía valerse por sí mismo, o es alguien distinto?

V: Es el mismo, sin duda.


M: Bien. Ahora, volviendo la vista atrás más aún, estarás de acuerdo en que ese niño de pecho que recuerdas es el mismo niño que dio a luz tu madre, que es su momento era tan desvalido que ni siquiera era capaz de darse cuenta de lo que la pasaba cuando su cuerpecito realizaba las funciones físicas naturales y sólo sabía llorar cuando sentía hambre o dolor.

V: Sí, yo era ese niño.

M: Y antes de que el niño adquiriera su cuerpo y naciera, ¿qué eras?

V: No entiendo.

M: Sí entiendes. Piénsalo. ¿Qué sucedió en el vientre de tu madre? ¿Qué se desarrolló para convertirse en un cuerpo, con huesos, sangre, médula, músculos, etcétera, a lo largo de nueve meses? ¿Acaso no fue un espermatozoide que se combinó con un óvulo en el vientre femenino, dando orígen así a una nueva vida y pasando muchas vicisitudes a lo largo del proceso? ¿Quién custodió esta nueva vida durante este período de vicisitudes? ¿No es ese espermatozoide infinitamente pequeño el que está ahora tan orgulloso de sus logros?
¿Y quién te encargó especialmente a ti? ¿Tu madre? ¿Tu padre? ¿Te deseaban especialmente a ti por hijo? ¿Tuviste  algo que ver con el hecho de nacer como hijo de esos padres determinados?

V: Me temo que en realidad no me lo he planteado así nunca.

M: Exactamente. Pues plantéatelo así. Entonces, quizá llegues a tener alguna idea de tu identidad verdadera. A partir de entonces, considera si puedes estar verdaderamente orgulloso de lo que has «conseguido».

V: Creo que empiezo a entender dónde quieres ir a parar.

M: Si profundizas en la cuestión, te darás cuenta de que el origen del cuerpo (el espermatozoide y el óvulo) es en sí la esencia de los alimentos que consumieron los padres, que la forma física está compuesta y alimentada por los cinco elementos que constituyen los alimentos, y también que con mucha frecuencia, el cuerpo de una criatura se convierte en alimento de otra criatura.

V: Pero, sin duda, yo, como tal, debe ser otra cosa que este cuerpo de alimentos.

M: Sí que lo eres, pero no eres «una cosa». Entérate de qué es lo que da sensibilidad a un ser sensible, aquello sin lo cual ni siquiera sabrías que existes tú mismo, ni mucho menos que existe el mundo exterior. Y, por último, profundiza más todavía y analiza si esta cualidad de ser, si esta consciencia misma no está sujeta al tiempo.

V: Profundizaré en las diversas cuestiones que has planteado, sin duda, aunque debo reconocer que jamás había estudiado estos terrenos hasta ahora y que me siento casi aturdido por mi ignorancia de las nuevas esferas que has abierto ante mí. Vendré a verte de nuevo, maestro.

M: Siempre serás bienvenido.


Ramesh S. Balsekar
(El Buscador Es Lo Buscado)


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